Estaba esperando el bondi y me distraje buscando entre la gente alguna muchacha que sonriera. Vino un ómnibus, paró, y creí que era el mío. Me subí, y nunca volví a aquella misma ciudad.
Hay ómnibus que van a todas partes. Desde el este volvía al centro, pero nunca llegué.
Decir que nunca llegué es difícil de asumir, porque aún puedo estar buscándolo, pero en el fondo, aunque no lo entienda del todo, pienso eso: que nunca llegué.
Viajábamos muchos en el ómnibus. Era un día gris y frío, de los primeros fríos después del verano. A veces, entre las gordas nubes juguetea un benévolo y distante sol sonriendo, aún, con su sonrisa siempre joven.
Las calles se pusieron anchas enseguida, de pasto y de silencio. Las casas, bajas y separadas, cada una tenía el suficiente espacio como para acomodar su tristeza.
Los pasajeros se fueron adormeciendo con la mágica imagen del sol jugando en las nubes, y los niños sueltos en los pastos y pedregullos. El chofer también. Manejaba lento y despacio, iba observando cada vez más lo que se anteponía a sus brazos.
De pronto todos sintieron lo mismo: como si el mundo se acabase. Todos miraron al chofer, que se dio media vuelta y dijo:
-Llegamos.
Nadie se movió ni protestó. Seguían mirando afuera, al sol juguetear en el fondo del mundo, donde los niños jugaban siempre en la calle y los ómnibus solo llegaban para detenerse.
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