Tal vez algún faraón soñó con tener un león muerto a sus pies cuando fuera enterrado, cubierto de oro o de arena seca del brillante desierto.
Yo caminé cerca de doscientos metros, o me arrastré, para terminar casualmente muerto a dos metros de un león, muerto también, y hacía ya algunos días.
No fue por deseo. O tal vez el león deseara tener un hombre muerto sobre su cabeza cuando él muriera. Si no, fue por fantástica casualidad: nació un hombre que llegó a morirse allí, justo arriba de su melena aún acariciada por el viento, y bañada por el sol tibio.
El hombre que nació para llegar hasta allí era yo. Difícilmente, pocas veces, uno hubiera sido tan soñador. Llegó la noche y el desierto con su frío me fue congelando.
Para mí es un misterio cómo habría llegado ese león allí, aunque ahora tengo la certeza de mi total ignorancia acerca de su historia y el tiempo que hiciera que esos huesos anchos se calentaran bajo el sol. Tal vez hubieran sido tapados alguna vez por la arena que vuela como una idea, transformando lo que se mira.
El amor me había obligado a olvidar… nunca a nadie le pasó eso y en tan pocas palabras. Asustado de la nada, mi cuerpo vagabundo se acercaba a ella. Indefiniblemente lo hizo. Al cabo de dos semanas de estar muerto me di cuenta que estaba sobre aquel león, apenas dos metros sobre su ancho lomo y aún poblado de pelos y cuero. Primero dudaba. Nunca lo podía creer, y solo cuando este se abalanzó contra mi alma lo pude sospechar. En el salto lo iba empezando a creer, y cuando fue ya muy tarde mi muerte espiritual también me empezó a ocurrir.
El color de su rostro sería muy difícil de reproducir. Amarillos de mil tonos, hasta el naranja más negro de la oscuridad del desierto. No sonrió nunca, o tal vez en el último instante.
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