El día que leí algo que había escrito, y sentí que cosas indescriptibles, enormes, se movían lentamente cambiando de lugar, como de una cordillera a otra, o de fosas marinas, o del fondo de la garganta de un volcán hasta lo alto de la atmósfera absorbidas por las nubes... El día que descubrí que existían cosas tan grandes en mi interior, y que esas enormidades eran capaces de moverse, cuando no de transformarse... ese día, volví siempre a escribir.
Cuando escribo pienso y siento esa transformación. La posibilidad de esta transformación.
Tal vez, y es mi deseo, alguna semilla minúscula de ese poder de transformación, llegue hasta el modo de pensar cotidiano, en el que vivo, pero el asunto es que cuando escribo, ya sea por pensar un cuento o por escribir nomás, mi modo de pensamiento abarca naturalmente, siempre, ese poder de transformación... esa capacidad exagerada de transformarlo todo, ese dinamismo capaz de retorcer el mundo para que una ilusión se presente recta, directa, real.
Y cuando hay algo que me está molestando, pinchando como una espina: una ilusión que no estoy logrando sentir como absolutamente real, pero que estoy barajando en mi intuición, entonces, busco escribir para atajar mejor esa ilusión, y recibirla en el mundo... hacerle la cuna, o ponerle el balde de agua para que caiga adentro.
Cadena de las limitaciones, rota.
La serpiente que se renueva cambiando de piel.
El yin y el yang sosteniéndose, como sabiduría de la dualidad, de lo expansivo de lo creativo.
La flor de loto simbolizando la creación.
La espada que corta las ilusiones, aquellas ilusiones que no puedan llegar a ser reales.
Un rayo, de las corrientes eléctricas naturales. El rostro durmiente en paz sobre la flor del vacío. El regalo de no tener nada bajo nuestros pies, o cargando sobre nosotros.
Y el ave remontando vuelo sobre la cabeza. Ardiendo en el fuego.
Son todas imágenes de la transformación, de la posibilidad surgida del modo de pensamiento poético. Capacidad de transformarse, que solo la puede dar la fe poética, el creer que algo es posible por el solo hecho de ser bello. Modo de pensamiento en el cual se deduce la realidad a través de la belleza, a través del sentido del olfato, que rastrea su aroma.
sábado, 21 de agosto de 2010
jueves, 5 de agosto de 2010
Un león muerto enfrente de mi tumba
Tal vez algún faraón soñó con tener un león muerto a sus pies cuando fuera enterrado, cubierto de oro o de arena seca del brillante desierto.
Yo caminé cerca de doscientos metros, o me arrastré, para terminar casualmente muerto a dos metros de un león, muerto también, y hacía ya algunos días.
No fue por deseo. O tal vez el león deseara tener un hombre muerto sobre su cabeza cuando él muriera. Si no, fue por fantástica casualidad: nació un hombre que llegó a morirse allí, justo arriba de su melena aún acariciada por el viento, y bañada por el sol tibio.
El hombre que nació para llegar hasta allí era yo. Difícilmente, pocas veces, uno hubiera sido tan soñador. Llegó la noche y el desierto con su frío me fue congelando.
Para mí es un misterio cómo habría llegado ese león allí, aunque ahora tengo la certeza de mi total ignorancia acerca de su historia y el tiempo que hiciera que esos huesos anchos se calentaran bajo el sol. Tal vez hubieran sido tapados alguna vez por la arena que vuela como una idea, transformando lo que se mira.
El amor me había obligado a olvidar… nunca a nadie le pasó eso y en tan pocas palabras. Asustado de la nada, mi cuerpo vagabundo se acercaba a ella. Indefiniblemente lo hizo. Al cabo de dos semanas de estar muerto me di cuenta que estaba sobre aquel león, apenas dos metros sobre su ancho lomo y aún poblado de pelos y cuero. Primero dudaba. Nunca lo podía creer, y solo cuando este se abalanzó contra mi alma lo pude sospechar. En el salto lo iba empezando a creer, y cuando fue ya muy tarde mi muerte espiritual también me empezó a ocurrir.
El color de su rostro sería muy difícil de reproducir. Amarillos de mil tonos, hasta el naranja más negro de la oscuridad del desierto. No sonrió nunca, o tal vez en el último instante.
Yo caminé cerca de doscientos metros, o me arrastré, para terminar casualmente muerto a dos metros de un león, muerto también, y hacía ya algunos días.
No fue por deseo. O tal vez el león deseara tener un hombre muerto sobre su cabeza cuando él muriera. Si no, fue por fantástica casualidad: nació un hombre que llegó a morirse allí, justo arriba de su melena aún acariciada por el viento, y bañada por el sol tibio.
El hombre que nació para llegar hasta allí era yo. Difícilmente, pocas veces, uno hubiera sido tan soñador. Llegó la noche y el desierto con su frío me fue congelando.
Para mí es un misterio cómo habría llegado ese león allí, aunque ahora tengo la certeza de mi total ignorancia acerca de su historia y el tiempo que hiciera que esos huesos anchos se calentaran bajo el sol. Tal vez hubieran sido tapados alguna vez por la arena que vuela como una idea, transformando lo que se mira.
El amor me había obligado a olvidar… nunca a nadie le pasó eso y en tan pocas palabras. Asustado de la nada, mi cuerpo vagabundo se acercaba a ella. Indefiniblemente lo hizo. Al cabo de dos semanas de estar muerto me di cuenta que estaba sobre aquel león, apenas dos metros sobre su ancho lomo y aún poblado de pelos y cuero. Primero dudaba. Nunca lo podía creer, y solo cuando este se abalanzó contra mi alma lo pude sospechar. En el salto lo iba empezando a creer, y cuando fue ya muy tarde mi muerte espiritual también me empezó a ocurrir.
El color de su rostro sería muy difícil de reproducir. Amarillos de mil tonos, hasta el naranja más negro de la oscuridad del desierto. No sonrió nunca, o tal vez en el último instante.
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