El día que leí algo que había escrito, y sentí que cosas indescriptibles, enormes, se movían lentamente cambiando de lugar, como de una cordillera a otra, o de fosas marinas, o del fondo de la garganta de un volcán hasta lo alto de la atmósfera absorbidas por las nubes... El día que descubrí que existían cosas tan grandes en mi interior, y que esas enormidades eran capaces de moverse, cuando no de transformarse... ese día, volví siempre a escribir.
Cuando escribo pienso y siento esa transformación. La posibilidad de esta transformación.
Tal vez, y es mi deseo, alguna semilla minúscula de ese poder de transformación, llegue hasta el modo de pensar cotidiano, en el que vivo, pero el asunto es que cuando escribo, ya sea por pensar un cuento o por escribir nomás, mi modo de pensamiento abarca naturalmente, siempre, ese poder de transformación... esa capacidad exagerada de transformarlo todo, ese dinamismo capaz de retorcer el mundo para que una ilusión se presente recta, directa, real.
Y cuando hay algo que me está molestando, pinchando como una espina: una ilusión que no estoy logrando sentir como absolutamente real, pero que estoy barajando en mi intuición, entonces, busco escribir para atajar mejor esa ilusión, y recibirla en el mundo... hacerle la cuna, o ponerle el balde de agua para que caiga adentro.
Cadena de las limitaciones, rota.
La serpiente que se renueva cambiando de piel.
El yin y el yang sosteniéndose, como sabiduría de la dualidad, de lo expansivo de lo creativo.
La flor de loto simbolizando la creación.
La espada que corta las ilusiones, aquellas ilusiones que no puedan llegar a ser reales.
Un rayo, de las corrientes eléctricas naturales. El rostro durmiente en paz sobre la flor del vacío. El regalo de no tener nada bajo nuestros pies, o cargando sobre nosotros.
Y el ave remontando vuelo sobre la cabeza. Ardiendo en el fuego.
Son todas imágenes de la transformación, de la posibilidad surgida del modo de pensamiento poético. Capacidad de transformarse, que solo la puede dar la fe poética, el creer que algo es posible por el solo hecho de ser bello. Modo de pensamiento en el cual se deduce la realidad a través de la belleza, a través del sentido del olfato, que rastrea su aroma.
sábado, 21 de agosto de 2010
jueves, 5 de agosto de 2010
Un león muerto enfrente de mi tumba
Tal vez algún faraón soñó con tener un león muerto a sus pies cuando fuera enterrado, cubierto de oro o de arena seca del brillante desierto.
Yo caminé cerca de doscientos metros, o me arrastré, para terminar casualmente muerto a dos metros de un león, muerto también, y hacía ya algunos días.
No fue por deseo. O tal vez el león deseara tener un hombre muerto sobre su cabeza cuando él muriera. Si no, fue por fantástica casualidad: nació un hombre que llegó a morirse allí, justo arriba de su melena aún acariciada por el viento, y bañada por el sol tibio.
El hombre que nació para llegar hasta allí era yo. Difícilmente, pocas veces, uno hubiera sido tan soñador. Llegó la noche y el desierto con su frío me fue congelando.
Para mí es un misterio cómo habría llegado ese león allí, aunque ahora tengo la certeza de mi total ignorancia acerca de su historia y el tiempo que hiciera que esos huesos anchos se calentaran bajo el sol. Tal vez hubieran sido tapados alguna vez por la arena que vuela como una idea, transformando lo que se mira.
El amor me había obligado a olvidar… nunca a nadie le pasó eso y en tan pocas palabras. Asustado de la nada, mi cuerpo vagabundo se acercaba a ella. Indefiniblemente lo hizo. Al cabo de dos semanas de estar muerto me di cuenta que estaba sobre aquel león, apenas dos metros sobre su ancho lomo y aún poblado de pelos y cuero. Primero dudaba. Nunca lo podía creer, y solo cuando este se abalanzó contra mi alma lo pude sospechar. En el salto lo iba empezando a creer, y cuando fue ya muy tarde mi muerte espiritual también me empezó a ocurrir.
El color de su rostro sería muy difícil de reproducir. Amarillos de mil tonos, hasta el naranja más negro de la oscuridad del desierto. No sonrió nunca, o tal vez en el último instante.
Yo caminé cerca de doscientos metros, o me arrastré, para terminar casualmente muerto a dos metros de un león, muerto también, y hacía ya algunos días.
No fue por deseo. O tal vez el león deseara tener un hombre muerto sobre su cabeza cuando él muriera. Si no, fue por fantástica casualidad: nació un hombre que llegó a morirse allí, justo arriba de su melena aún acariciada por el viento, y bañada por el sol tibio.
El hombre que nació para llegar hasta allí era yo. Difícilmente, pocas veces, uno hubiera sido tan soñador. Llegó la noche y el desierto con su frío me fue congelando.
Para mí es un misterio cómo habría llegado ese león allí, aunque ahora tengo la certeza de mi total ignorancia acerca de su historia y el tiempo que hiciera que esos huesos anchos se calentaran bajo el sol. Tal vez hubieran sido tapados alguna vez por la arena que vuela como una idea, transformando lo que se mira.
El amor me había obligado a olvidar… nunca a nadie le pasó eso y en tan pocas palabras. Asustado de la nada, mi cuerpo vagabundo se acercaba a ella. Indefiniblemente lo hizo. Al cabo de dos semanas de estar muerto me di cuenta que estaba sobre aquel león, apenas dos metros sobre su ancho lomo y aún poblado de pelos y cuero. Primero dudaba. Nunca lo podía creer, y solo cuando este se abalanzó contra mi alma lo pude sospechar. En el salto lo iba empezando a creer, y cuando fue ya muy tarde mi muerte espiritual también me empezó a ocurrir.
El color de su rostro sería muy difícil de reproducir. Amarillos de mil tonos, hasta el naranja más negro de la oscuridad del desierto. No sonrió nunca, o tal vez en el último instante.
viernes, 11 de junio de 2010
El ómnibus a la humildad.
Estaba esperando el bondi y me distraje buscando entre la gente alguna muchacha que sonriera. Vino un ómnibus, paró, y creí que era el mío. Me subí, y nunca volví a aquella misma ciudad.
Hay ómnibus que van a todas partes. Desde el este volvía al centro, pero nunca llegué.
Decir que nunca llegué es difícil de asumir, porque aún puedo estar buscándolo, pero en el fondo, aunque no lo entienda del todo, pienso eso: que nunca llegué.
Viajábamos muchos en el ómnibus. Era un día gris y frío, de los primeros fríos después del verano. A veces, entre las gordas nubes juguetea un benévolo y distante sol sonriendo, aún, con su sonrisa siempre joven.
Las calles se pusieron anchas enseguida, de pasto y de silencio. Las casas, bajas y separadas, cada una tenía el suficiente espacio como para acomodar su tristeza.
Los pasajeros se fueron adormeciendo con la mágica imagen del sol jugando en las nubes, y los niños sueltos en los pastos y pedregullos. El chofer también. Manejaba lento y despacio, iba observando cada vez más lo que se anteponía a sus brazos.
De pronto todos sintieron lo mismo: como si el mundo se acabase. Todos miraron al chofer, que se dio media vuelta y dijo:
-Llegamos.
Nadie se movió ni protestó. Seguían mirando afuera, al sol juguetear en el fondo del mundo, donde los niños jugaban siempre en la calle y los ómnibus solo llegaban para detenerse.
Hay ómnibus que van a todas partes. Desde el este volvía al centro, pero nunca llegué.
Decir que nunca llegué es difícil de asumir, porque aún puedo estar buscándolo, pero en el fondo, aunque no lo entienda del todo, pienso eso: que nunca llegué.
Viajábamos muchos en el ómnibus. Era un día gris y frío, de los primeros fríos después del verano. A veces, entre las gordas nubes juguetea un benévolo y distante sol sonriendo, aún, con su sonrisa siempre joven.
Las calles se pusieron anchas enseguida, de pasto y de silencio. Las casas, bajas y separadas, cada una tenía el suficiente espacio como para acomodar su tristeza.
Los pasajeros se fueron adormeciendo con la mágica imagen del sol jugando en las nubes, y los niños sueltos en los pastos y pedregullos. El chofer también. Manejaba lento y despacio, iba observando cada vez más lo que se anteponía a sus brazos.
De pronto todos sintieron lo mismo: como si el mundo se acabase. Todos miraron al chofer, que se dio media vuelta y dijo:
-Llegamos.
Nadie se movió ni protestó. Seguían mirando afuera, al sol juguetear en el fondo del mundo, donde los niños jugaban siempre en la calle y los ómnibus solo llegaban para detenerse.
lunes, 7 de junio de 2010
El recuerdo que anhela
Por un instante estuve en aquel silencio. En aquella oscura y profunda noche, de absolutas estrellas y distancias. Era una playa…
La arena blanca, fría ante el universo… caliente ante el sol que quedaba detrás… me daba cobijo; más allá de esa arena se extendía un mar, húmedo y frío sin límites. Y un bajo bosque de arbustos, se remontaba a las colinas, detrás.
No estoy seguro si estaba soñando. Quizás es un recuerdo de algún viaje, que puedo muy bien no recordar, de hace ya mucho tiempo, o no tanto: quizás algún instante de todos los viajes por playas extraordinarias que he hecho últimamente.
Pero tengo la sensación de tener este recuerdo desde hace mucho tiempo. Tengo la sensación de que sea más un anhelo que un recuerdo. Quizás este sea el anhelo desde otra vida... el de verme a mí, allí.
Sé que hay miedos que me despiertan. Sé que hay sueños que me llevan. Sé que hay pasados más viejos que nosotros. Y sé que hay futuros mucho más fuertes.
Con esta sabiduría debería estar temblando. Y lo estoy. Y hay hermosos miedos que despiertan mi animal.
Son todos estos temas cosas que tienen que ver… Porque este recuerdo me asombra, y el asombro es el arma de los sueños que me pueden llevar, que me pueden llevar más allá de volver a despertar, que me pueden llevar a abandonar algo por otro que lo quiere tomar.
El asombro es lo que despierta el anhelo… el asombro y el anhelo pueden ser lo mismo para mí. Para mí, llevarme un tesoro.
El miedo es muy fuerte. Sé que me puedo ir así, y que así me puedo ir a donde quiero. ¿A dónde quiero ir? y ¿a dónde puedo ir?
No sé si explicar cuál es ese miedo un poquito más, o buscar a dónde quiero ir… Sin lugar a dudas quiero buscar a dónde ir, pero ni bien me lo propongo, me rodea un profundo silencio… como si el resto de un universo que no me daba cuenta que hacía ruido, se callara de pronto para escuchar mi anhelo. Entonces necesito explicar ese miedo un poquito más.
El miedo es sentir la agresión. La de otro anhelante que me anheló y yo caí en su trampa, y me robó el cuerpo. Me robó la vida. Yo fui a la suya. El miedo es ese, en frente a estos sueños y recuerdos, o ante estos anhelos propios también, porque algo parecido a ese miedo es lo que se siente intentando seducir a otro, cuando ya se llega a anhelar a otro.
Sin tiempo, ni recuerdo, ni sueño… De pronto estamos frente al anhelado… o anhelados por el otro… Las dos cosas de pronto.
Por un instante estuve frente a ese silencio.
Y no hay cosa más positiva que algunos anhelos. Ciertas ilusiones. Hay que saber elegir solamente. No se trata de frenar la energía… elegir es vivir la parte más viva de la energía.
La arena blanca, fría ante el universo… caliente ante el sol que quedaba detrás… me daba cobijo; más allá de esa arena se extendía un mar, húmedo y frío sin límites. Y un bajo bosque de arbustos, se remontaba a las colinas, detrás.
No estoy seguro si estaba soñando. Quizás es un recuerdo de algún viaje, que puedo muy bien no recordar, de hace ya mucho tiempo, o no tanto: quizás algún instante de todos los viajes por playas extraordinarias que he hecho últimamente.
Pero tengo la sensación de tener este recuerdo desde hace mucho tiempo. Tengo la sensación de que sea más un anhelo que un recuerdo. Quizás este sea el anhelo desde otra vida... el de verme a mí, allí.
Sé que hay miedos que me despiertan. Sé que hay sueños que me llevan. Sé que hay pasados más viejos que nosotros. Y sé que hay futuros mucho más fuertes.
Con esta sabiduría debería estar temblando. Y lo estoy. Y hay hermosos miedos que despiertan mi animal.
Son todos estos temas cosas que tienen que ver… Porque este recuerdo me asombra, y el asombro es el arma de los sueños que me pueden llevar, que me pueden llevar más allá de volver a despertar, que me pueden llevar a abandonar algo por otro que lo quiere tomar.
El asombro es lo que despierta el anhelo… el asombro y el anhelo pueden ser lo mismo para mí. Para mí, llevarme un tesoro.
El miedo es muy fuerte. Sé que me puedo ir así, y que así me puedo ir a donde quiero. ¿A dónde quiero ir? y ¿a dónde puedo ir?
No sé si explicar cuál es ese miedo un poquito más, o buscar a dónde quiero ir… Sin lugar a dudas quiero buscar a dónde ir, pero ni bien me lo propongo, me rodea un profundo silencio… como si el resto de un universo que no me daba cuenta que hacía ruido, se callara de pronto para escuchar mi anhelo. Entonces necesito explicar ese miedo un poquito más.
El miedo es sentir la agresión. La de otro anhelante que me anheló y yo caí en su trampa, y me robó el cuerpo. Me robó la vida. Yo fui a la suya. El miedo es ese, en frente a estos sueños y recuerdos, o ante estos anhelos propios también, porque algo parecido a ese miedo es lo que se siente intentando seducir a otro, cuando ya se llega a anhelar a otro.
Sin tiempo, ni recuerdo, ni sueño… De pronto estamos frente al anhelado… o anhelados por el otro… Las dos cosas de pronto.
Por un instante estuve frente a ese silencio.
Y no hay cosa más positiva que algunos anhelos. Ciertas ilusiones. Hay que saber elegir solamente. No se trata de frenar la energía… elegir es vivir la parte más viva de la energía.
lunes, 29 de marzo de 2010
La sombra del lagarto Espimanuel
Espimanuel, por mucho que le pesase, se llamaba el lagarto.
Alguien descorazonado y maldito, incluso carente del apetito fino y delicado, ni siquiera contento con el placer obtenido de la dulzura, lo ha bautizado así.
Y careciendo del conocimiento de su nombre... indiferente y confusamente feliz y triste, como el que no lo ha sabido (a pesar de haber sido motivado así), soberbio y despiadado (mucho más que el que le puso el nombre), pisando pastos, golpeando la tierra apretada – tierra permanentemente semi húmeda y caducamente seca - se paseaba el lagarto. A veces huyendo de otros animales, que eminencialmente ponían en peligro su vida (la del lagarto), o que indudablemente jugaban orgullosos con él, padeciendo el placer de tener más inteligencia, síndrome que análogamente sufre el autor de este cuento, y no nos neguemos a admitir que el lector tiene la posibilidad negada a escapar a tan cruel enfermedad.
La sombra se iba dibujando, exacta y velozmente bajo la influencia de un calculador aterradoramente grande. Pero eso es lo que descubrí... basándome únicamente en el caso de este lagarto.
Resulta que Espimanuel era el lagarto más rápido del mundo, y no solo eso, sino que también, por casi deducción lógica, era el animal más rápido del mundo (a cierta escala débil del calculador). Y esto provocó lo que yo tanto adoré, y lo que tanto estudié.
Espimanuel circulaba violentamente sobre y entre decenas de pastos, de flores, de espinas, de caracoles, y de piedritas por centímetro cuadrado; en zigzags, zetas, dobles ves, y pes, équices, ges, eles, úes, os, e íes de tamaño variado cuando se concentraba y perseguía un destino derecho (aunque sea por unas fracciones de segundos), las más veces apurando la huída del zarpazo del gato (el gato Alcantaflor: del cual su figura, parda y amarilla, se veía disparar seguido sobre Espimanuel).
Es el caso quebrante, violentamente horripilante, grosero y desnudador de la realidad (violador) (corriendo riesgo de convertirse en asesino…), del ciento tercer pasto de la pata izquierda delantera contando desde la salida de arriba de la tapa del pozo negro, de la salida número 28 de la cueva, del día 179 del año 1987, DC, a la hora exacta 17:53 y 48 segundos. Instante en el que todo… toda la realidad fue puesta en duda, todo el mundo detenido, (y quién sabe si por primera vez) se bloqueó el sistema entero por unos instantes: por unos muy pequeños instantes el motor entero del mundo (del universo), dios, (por primera, única, o alguna de las pocas veces) se mareó, se detuvo, no pudo ser consciente.
Debía apoyar una sombra gris, casi negra, opaca y expresando una figura, sobre el pasto ciento tercero (una silueta parecida a una cara de una mujer mayor), en el momento en que la pata (izquierda delantera) iba apenas arriba de éste, casi tocándolo; la fuente de luz de la sombra era de un foco del alumbrado público a ciento tres metros, que por error en el sistema de encendido automático se había prendido antes (exactamente tres segundos antes), y alumbraba bastante notablemente en el momento en que el sol yacía oculto entre los árboles del monte cercano al horizonte.
Yo quedé duro, estático y estupefacto, (cuando ni siquiera lo noté en mi cuerpo, ni en mi percepción del tiempo, ni nada) cuando noté (por cálculo) lo que tenía que pasar inevitablemente, y no pasó… y más aún, mucho más, maravillosa y artísticamente (era absolutamente inesperado para mí, ya a aquella altura de mi vida, encontrarme con un detalle así por parte de la realidad), porque lo que sucedió en lugar de lo que tenía que suceder, fue absolutamente maravilloso.
Porque aparte de ser distinto de lo que tenía que ser, fue maravilloso.
En la superficie oblicua y verde, opaca, del pasto (el que luego corté y puse en un cuadro en mi mesa de luz), se formó, proveniente de una fuerza absolutamente desconocida para mí… de una forma terroríficamente nueva, y diferente, una imagen rosada, aguda y perfecta, mucho más perfecta de lo que yo era capaz de imaginar, la imagen más definida, y mucho más realista (y yo arriesgué a decir que con vida…), la de una mujer hermosa, de ojos agudos y vidriosos, expresando en su propia cara la angustia sublime de vivir, del conocimiento de la realidad y de la irrealidad que solo existía.
Otro dios, mucho más poderoso de lo que imaginábamos podía existir, estaba parado (o quien sabe como) detrás del dios que conocíamos, que falló (una única, o extraña vez), y manejaba las cosas que el dios que conocíamos no podía manejar.
Así me fue revelada la verdad más grande de éste mundo, el dios más débil tapa a un dios más fuerte, y solo para sí mismo existe el más fuerte. Nadie lo conoce, nadie; y cuanto más débil es el dios, más cantidad de entes lo conocen y le sirven homenaje, servicio... le brindan todo, todo lo que son capaces de sentir, de gozar, y de mover.
Alguien descorazonado y maldito, incluso carente del apetito fino y delicado, ni siquiera contento con el placer obtenido de la dulzura, lo ha bautizado así.
Y careciendo del conocimiento de su nombre... indiferente y confusamente feliz y triste, como el que no lo ha sabido (a pesar de haber sido motivado así), soberbio y despiadado (mucho más que el que le puso el nombre), pisando pastos, golpeando la tierra apretada – tierra permanentemente semi húmeda y caducamente seca - se paseaba el lagarto. A veces huyendo de otros animales, que eminencialmente ponían en peligro su vida (la del lagarto), o que indudablemente jugaban orgullosos con él, padeciendo el placer de tener más inteligencia, síndrome que análogamente sufre el autor de este cuento, y no nos neguemos a admitir que el lector tiene la posibilidad negada a escapar a tan cruel enfermedad.
La sombra se iba dibujando, exacta y velozmente bajo la influencia de un calculador aterradoramente grande. Pero eso es lo que descubrí... basándome únicamente en el caso de este lagarto.
Resulta que Espimanuel era el lagarto más rápido del mundo, y no solo eso, sino que también, por casi deducción lógica, era el animal más rápido del mundo (a cierta escala débil del calculador). Y esto provocó lo que yo tanto adoré, y lo que tanto estudié.
Espimanuel circulaba violentamente sobre y entre decenas de pastos, de flores, de espinas, de caracoles, y de piedritas por centímetro cuadrado; en zigzags, zetas, dobles ves, y pes, équices, ges, eles, úes, os, e íes de tamaño variado cuando se concentraba y perseguía un destino derecho (aunque sea por unas fracciones de segundos), las más veces apurando la huída del zarpazo del gato (el gato Alcantaflor: del cual su figura, parda y amarilla, se veía disparar seguido sobre Espimanuel).
Es el caso quebrante, violentamente horripilante, grosero y desnudador de la realidad (violador) (corriendo riesgo de convertirse en asesino…), del ciento tercer pasto de la pata izquierda delantera contando desde la salida de arriba de la tapa del pozo negro, de la salida número 28 de la cueva, del día 179 del año 1987, DC, a la hora exacta 17:53 y 48 segundos. Instante en el que todo… toda la realidad fue puesta en duda, todo el mundo detenido, (y quién sabe si por primera vez) se bloqueó el sistema entero por unos instantes: por unos muy pequeños instantes el motor entero del mundo (del universo), dios, (por primera, única, o alguna de las pocas veces) se mareó, se detuvo, no pudo ser consciente.
Debía apoyar una sombra gris, casi negra, opaca y expresando una figura, sobre el pasto ciento tercero (una silueta parecida a una cara de una mujer mayor), en el momento en que la pata (izquierda delantera) iba apenas arriba de éste, casi tocándolo; la fuente de luz de la sombra era de un foco del alumbrado público a ciento tres metros, que por error en el sistema de encendido automático se había prendido antes (exactamente tres segundos antes), y alumbraba bastante notablemente en el momento en que el sol yacía oculto entre los árboles del monte cercano al horizonte.
Yo quedé duro, estático y estupefacto, (cuando ni siquiera lo noté en mi cuerpo, ni en mi percepción del tiempo, ni nada) cuando noté (por cálculo) lo que tenía que pasar inevitablemente, y no pasó… y más aún, mucho más, maravillosa y artísticamente (era absolutamente inesperado para mí, ya a aquella altura de mi vida, encontrarme con un detalle así por parte de la realidad), porque lo que sucedió en lugar de lo que tenía que suceder, fue absolutamente maravilloso.
Porque aparte de ser distinto de lo que tenía que ser, fue maravilloso.
En la superficie oblicua y verde, opaca, del pasto (el que luego corté y puse en un cuadro en mi mesa de luz), se formó, proveniente de una fuerza absolutamente desconocida para mí… de una forma terroríficamente nueva, y diferente, una imagen rosada, aguda y perfecta, mucho más perfecta de lo que yo era capaz de imaginar, la imagen más definida, y mucho más realista (y yo arriesgué a decir que con vida…), la de una mujer hermosa, de ojos agudos y vidriosos, expresando en su propia cara la angustia sublime de vivir, del conocimiento de la realidad y de la irrealidad que solo existía.
Otro dios, mucho más poderoso de lo que imaginábamos podía existir, estaba parado (o quien sabe como) detrás del dios que conocíamos, que falló (una única, o extraña vez), y manejaba las cosas que el dios que conocíamos no podía manejar.
Así me fue revelada la verdad más grande de éste mundo, el dios más débil tapa a un dios más fuerte, y solo para sí mismo existe el más fuerte. Nadie lo conoce, nadie; y cuanto más débil es el dios, más cantidad de entes lo conocen y le sirven homenaje, servicio... le brindan todo, todo lo que son capaces de sentir, de gozar, y de mover.
Explicaciones más.
Me he sentido con ganas de escribir cuentos fantásticos, desde el momento en que he sabido que lo que puedo experimentar al volver a leer un cuento escrito puede ser diferente a lo que he pensado cuando y en todo momento que lo he creado.
No fue tan fácil darse cuenta de eso: alguien me tuvo que sugerir que escribiera antes que yo sospechara de esa magia.
Luego, esa magia es central en el transcurso de mi vida. Un cuento bien escrito, en el momento correcto, puede lograr que una experiencia de vida se transforme desde dolorosa o incomprensible hasta profunda y cargada de ilusiones y esperanzas.
Esa transformación es la que desde mi humilde punto de vista crea al mundo. Lo está creando siempre, y lo creó siempre.
Porque, después, el mundo es solamente lo que nos hace fuertes. El resto, patinó por su costado... no llegó a ser el mundo... realmente.
No fue tan fácil darse cuenta de eso: alguien me tuvo que sugerir que escribiera antes que yo sospechara de esa magia.
Luego, esa magia es central en el transcurso de mi vida. Un cuento bien escrito, en el momento correcto, puede lograr que una experiencia de vida se transforme desde dolorosa o incomprensible hasta profunda y cargada de ilusiones y esperanzas.
Esa transformación es la que desde mi humilde punto de vista crea al mundo. Lo está creando siempre, y lo creó siempre.
Porque, después, el mundo es solamente lo que nos hace fuertes. El resto, patinó por su costado... no llegó a ser el mundo... realmente.
Grosknja y el bicho de humedad
En una tarde soleada después de la mañana del temporal, Grosknja salía todo mojado de abajo de unas hojas todavía verdes en una rama de un arbolito. Con los ojos más cerrados, y peinado por la lluvia, con algo de frío, y más acurrucado que casi siempre, percibió un bicho de la humedad o “bicho bolita”, un metro abajo, moviéndose entre las hojas marrones y pastos medio verdes; una sonrisa de oreja a oreja, achatándole aún más la cabeza, se le dibujó en la cara.
Fue hasta el tronco del arbolito, no sin antes haber tratado de embocarle desde arriba al bichito de humedad alguna de las hojas que quiso que fueran para que le parasen la lluvia (pero no lo habían logrado en groso modo). Muy despacio trató de bajar por el tronco derecho, apoyándose en los sobresaltos de la cáscara; a cinco y pico éles del piso (cinco y pico veces el largo de su cuerpo), saltó a un matorral de pastos blandos, y después de revolcarse un rato se paró y siguió caminando medio tembloroso, y chueco; a diez éles estaba el bicho de humedad colgado de una pata de una hoja suspendida en los pastos; ya no, estaba caminando chocándose todo, bajo las hojas. Un poco apresurado caminó Grosknja hasta por allí cerca, se zambulló entre las hojas marrones mojadas y fragantes a tierra, hongos, y bichos de humedad. Después de un rato de bucear las hojas, vio al bicho de humedad subiendo a la superficie. Grosknja subió, y el bicho se calló al fondo. Grosknja desde arriba y un poco detrás, lo vigilaba cuando podía. Un rato después, el bicho, en una parte de tierra donde no había hojas ni pasto, salió al aire libre; Grosknja salió corriendo tras él, y el bicho torció la cabeza y lo vio saltando... lo vio cada vez más grande! Un sobresalto les hizo a las varias patas moverse como locas, y escarbando salió haciendo zigzags y trompos; al ladito, Grosknja iba tirando manotazos y pegando patinadas.
En cierto momento el bichito enfocó un caminito de tierra que se metía en los pastos (abierto por algún bicho), y enfiló directo y recto para ahí, por ahí; Grosknja que podía correr más rápido yendo derecho, agarró velocidad, y cuando lo estaba por alcanzar, a perfecta distancia, con el blanco listo en la mira para pegarle una patada, se tiró, y de panza calló y abrazó al bicho de humedad desde bien arriba; el bicho se frunció, tocó la panza con el piso, y picó… cayendo de cabeza, dándose varias vueltas carnero; Grosknja que había aterrizado al costado al picar, salió corriendo y se le tiró nuevamente encima al bicho que ya era una bola. Lo agarró, lo levantó y lo llevó a un montón de palos que tenía por ahí cerca, pero semejante transportación le costó innúmeros rasguños de parte de las casi innúmeras patas del bicho, tras llevarlo boca arriba, en sus brazos. Llegó y le partió un palo en la cabeza para que se quede quieto. Después… tranquilo, recostado en otro palo a un costado, se lo comió.
Cuentos fantásticos.
Cuentos fantásticos son cuentos, fantásticos.
Fantástico: son cuentos, o visiones, u audiciones, o pinturas, o cine, o música, o teatro, otras formas de la literatura... o misterios. Eso es todo lo fantástico. Es el borde externo del mundo. Hacia afuera hay multitud de cosas, la realidad misma pelea saliendo afuera... siempre perdió esa batalla pero descubre en cada paso que cede un poco más de esperanza por la pelea. El mundo fue creado desde la fantasía hacia la realidad. El mundo es una cosa que se llenó desde afuera. La fantasía es remontar el río (o la catarata) de esa sustancia, la esencia del mundo.
Fantástico: son cuentos, o visiones, u audiciones, o pinturas, o cine, o música, o teatro, otras formas de la literatura... o misterios. Eso es todo lo fantástico. Es el borde externo del mundo. Hacia afuera hay multitud de cosas, la realidad misma pelea saliendo afuera... siempre perdió esa batalla pero descubre en cada paso que cede un poco más de esperanza por la pelea. El mundo fue creado desde la fantasía hacia la realidad. El mundo es una cosa que se llenó desde afuera. La fantasía es remontar el río (o la catarata) de esa sustancia, la esencia del mundo.
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