El hombre oculto en la noche lo reconoció mucho antes, y ya sonreía cuando el otro lo divisó entre las sombras. Soltó la red que estaba doblando suavemente sobre la cubierta del barco, para darle las dos manos y terminar abrazándose con el hombre de chinelas, que terminaron en el suelo, una tercera parte de su altura hundidas en la arena mojada al costado del bote. Hablaron ambos el mismo lenguaje de las algas y del fondo del mar, el mismo lenguaje de los árboles y del sol y de las estrellas, sus brazos abrazados decían aquellas palabras tibias, cálidas como los brillos del sol y de las estrellas.
Luego de unos minutos de silencio, donde se contemplaron lentamente, el hombre de las chinelas las recogió de la arena y siguió al pescador arenas arriba al costado de la cuerda del bote. Traspasaron el primer médano, pasaron entre dos abrazos de la vegetación que croaba y chirriaba dulcemente como las estrellas tintineaban, y unos pasos más adelante la cabaña del pescador los recibió con su reflejo lunar. El animal guardián de la casa, un halcón muy hermoso y solemne, los dejaba pasar con cierta indiferencia o tal vez ayudando a ocultar sus propias presencias. Desde arriba de un árbol, justo en frente de la puerta de entrada a la casa, divisaba toda la llanura de médanos y de vegetación cerrada que se extendía hasta las primeras elevaciones, bien verdes y de piedras negras en medio círculo, alrededor de la gran playa.
Dentro, la luz de la tenue luna dibujaba el estar de la planta baja. Había muchas redes y artículos de pesca, dos ventanas abiertas, mucha arena en el suelo, aún tibia, y la brisa y los sonidos de la vegetación habitaban como en la arena, allí dentro. A un costado, la escalera de palos muy secos y gastados llegaba a la mediana altura del altillo-habitación donde el amigo pescador del hombre que llevaba preservativos para las sirenas, dormía las primeras horas de las noches. Detrás, al lado de la entrada, quedaba una mesa pequeña donde el pescador cocinaba su comida. Sonriendo, el pescador le mostraba su cara a su amigo, orgulloso de su tesoro, de su vida. Y otra vez se quedaron largos minutos contemplándose el uno al otro, entendiéndose, hablándose en idiomas cada vez más antiguos.
Finalmente, el pescador retrocedió dos pasos hasta el fondo de su casa, se agachó, y agachado corrió hacia el centro de la habitación un cajoncito de madera. Los preservativos eran hechos por aquel mismo hombre. Utilizaba ingredientes secretos, transmitidos quizás de generaciones en generaciones, y tal vez de una raza a otra. Eran blancos como la luna, y tenían un aroma único, muy intenso y especialmente atractivo para las sirenas.
Se llevó solamente dos. Aún tenía uno sin usar en el bolsillo trasero de su short, además del que llevaba anudado. Los preservativos estaban envueltos en una cáscara elástica y se mantenían en una crema casi sólida. Guardó los tres que tenía, en la mochila. Y sacó el cuarto, anudado, pidiéndole al pescador permiso para salir por la otra puerta de su casa y seguir el caminito blanco señalado por la arena. Salieron los dos caminando casi agachados. Luego de dos médanos apenas más altos que ellos, y completamente cubiertos por la vegetación, llegaron a un altar de roca. Entre aquellos médanos y aquella llanura, ya a bastantes metros del comienzo de la playa y del borde rocoso, la roca alcanzaba a aflorar apenas sobre el fondo de arena. Había un charco de agua clara que reflejaba la luz de la luna, y alrededor, una muralla de solo setenta centímetros de alto de roca lo rodeaba en poco menos que la mitad de su círculo. El fondo del charco se inclinaba vertiginosamente hacia abajo a medida que uno se acercaba a mirar. Durante mucho tiempo algunos hombres han de haber guardado en aquel mismo lugar aquellos mismos preservativos usados, preguntándose tal vez las mismas cosas que el hombre que llevaba preservativos para las sirenas se preguntaba:
¿Cuándo mi vida podrá estar más relacionada con las sirenas?
¿Cuándo mi semen podrá fecundar estos hermosos seres, y los hijos de nuestras sangres no sufran y mueran como seres que no son naturales, como manifestaciones absurdas de la fantasía?
miércoles, 23 de marzo de 2011
La historia del hombre que llevaba preservativos en el traje de baño para las sirenas - Capítulo 6
El hombre observaba y observaba el rostro de la sirena que protegido por su ondulante cabellera parecía dormir aunque a veces rosara el fondo de arena lentamente. Aquella máscara le permitía ver lo que tantas veces había tocado y acariciado por interminables horas. Aquel rostro mágico de una dureza asombrosa pero de una dulzura enorme. La fuerza y la calma que habitaba todo aquel cuerpo en todas partes, en sus senos siempre sostenidos, en su espalda siempre cómoda, pero especialmente en su panza tibia y siempre consciente de los momentos o el agua que vendría a continuación, y siempre consciente también del agua que pasaba y los momentos que dejaba detrás, siempre amplia, siempre abierta, siempre real, siempre sincera, siempre sonriente y feliz de la realidad.
El hombre anudó el preservativo y lo guardó en el bolsillo trasero del short que volvió a ajustar a su cintura. Pensó en lo preciado de aquellos seres. En lo preciado de su oportunidad para conocerlos, y para quererlos, para amarlos. Y se puso triste. Afuera, apenas unos metros sobre su cabeza, el sol se estaba poniendo, el día se iba ocultando, y la inmensa oscuridad de la noche se iba revelando una nueva vez más, incapaz de ocultar más su realidad. Todas las palabras volvían otra vez a haber sido dichas en su totalidad. Las lenguas todas del mundo, extasiadas y a la vez cansadas por el trabajo, se calmaban y no sé cómo, pero se volvían para escuchar, y no palabras, si no la paz, se volvían a escuchar la capacidad de hablar todas las cosas que habían alcanzado todas las mismas cosas.
El hombre lloraba bajo el mar. Sus palabras ante aquella sirena querían decir más. Su cuerpo comenzaba a temblar de frío, y sus pulmones parecían enfurecerse, su corazón latía descontrolado, hasta su cara transformaba sus expresiones porque ya debía irse. Ya la sirena estaba completamente dormida, y si era ella la que producía aquella magia en su sangre, ya no lo hacía más cuando estaba dormida. Intentando pensar en los brillos de las primeras estrellas, se separaba de aquel cuerpo divino y nadaba hacia la superficie y hacia la oscuridad de los cielos enormes, inmensos de la noche.
Al rato llegó a la costa, agotado, temblando de frío y todavía con lágrimas en los ojos. Buscó durante unas buenas dos horas el lugar exacto donde había dejado su mochila, bajo la sola luz de las estrellas, y de una luna que apenas de reojo se decidía a mirar a la lujuriosa selva, que en las sombras de la noche ganaba el valor y la justa dimensión, congelada, del grito de todas las cosas vivas, el grito de festejo, el grito de gloria, de haber hablado todo lo que se podía hablar.
Unas horas más tarde, muy temprano en la mañana, el hombre llegaba a la playa grande del pueblo hasta donde llegaban los ómnibus. Aún era de noche, pero en el comienzo de esa playa, los pescadores que desde los tiempos inmemoriales de las razas indígenas y hasta los de los diferentes colonizadores de los últimos siglos, llevaban su vida en aquel lugar, ya preparaban los viajes que junto al aclarar del día emprenderían. Las profundidades altas de los mares allá adentro los esperaba, el fruto de la inmensidad para aquella costa de tierras casi quietas estaban dispuestos a ir a buscar.
Él, cansado, se acercó caminando por la arena mojada y las chinelas en sus manos, a uno de los botes que se estaban preparando. El tercero de la playa, uno más bajo y más ancho que los demás, al que solo un viejo oscuro como la noche y oculto en ella, lo estaba preparando. Solo al llegar a dos metros de distancia notó su presencia con los ojos, aunque se estuviera moviendo. Llevaba una boina quizás vasca, pero era un negro y evidentemente venido del continente africano. Ahora estaba en aquella tierra, en aquellas arenas, mejor dicho, y ya lo sabía el hombre que llevaba preservativos en el traje de baño para las sirenas, no deseaba aquel pescador irse a ningún otro lado, ya nunca más.
El hombre anudó el preservativo y lo guardó en el bolsillo trasero del short que volvió a ajustar a su cintura. Pensó en lo preciado de aquellos seres. En lo preciado de su oportunidad para conocerlos, y para quererlos, para amarlos. Y se puso triste. Afuera, apenas unos metros sobre su cabeza, el sol se estaba poniendo, el día se iba ocultando, y la inmensa oscuridad de la noche se iba revelando una nueva vez más, incapaz de ocultar más su realidad. Todas las palabras volvían otra vez a haber sido dichas en su totalidad. Las lenguas todas del mundo, extasiadas y a la vez cansadas por el trabajo, se calmaban y no sé cómo, pero se volvían para escuchar, y no palabras, si no la paz, se volvían a escuchar la capacidad de hablar todas las cosas que habían alcanzado todas las mismas cosas.
El hombre lloraba bajo el mar. Sus palabras ante aquella sirena querían decir más. Su cuerpo comenzaba a temblar de frío, y sus pulmones parecían enfurecerse, su corazón latía descontrolado, hasta su cara transformaba sus expresiones porque ya debía irse. Ya la sirena estaba completamente dormida, y si era ella la que producía aquella magia en su sangre, ya no lo hacía más cuando estaba dormida. Intentando pensar en los brillos de las primeras estrellas, se separaba de aquel cuerpo divino y nadaba hacia la superficie y hacia la oscuridad de los cielos enormes, inmensos de la noche.
Al rato llegó a la costa, agotado, temblando de frío y todavía con lágrimas en los ojos. Buscó durante unas buenas dos horas el lugar exacto donde había dejado su mochila, bajo la sola luz de las estrellas, y de una luna que apenas de reojo se decidía a mirar a la lujuriosa selva, que en las sombras de la noche ganaba el valor y la justa dimensión, congelada, del grito de todas las cosas vivas, el grito de festejo, el grito de gloria, de haber hablado todo lo que se podía hablar.
Unas horas más tarde, muy temprano en la mañana, el hombre llegaba a la playa grande del pueblo hasta donde llegaban los ómnibus. Aún era de noche, pero en el comienzo de esa playa, los pescadores que desde los tiempos inmemoriales de las razas indígenas y hasta los de los diferentes colonizadores de los últimos siglos, llevaban su vida en aquel lugar, ya preparaban los viajes que junto al aclarar del día emprenderían. Las profundidades altas de los mares allá adentro los esperaba, el fruto de la inmensidad para aquella costa de tierras casi quietas estaban dispuestos a ir a buscar.
Él, cansado, se acercó caminando por la arena mojada y las chinelas en sus manos, a uno de los botes que se estaban preparando. El tercero de la playa, uno más bajo y más ancho que los demás, al que solo un viejo oscuro como la noche y oculto en ella, lo estaba preparando. Solo al llegar a dos metros de distancia notó su presencia con los ojos, aunque se estuviera moviendo. Llevaba una boina quizás vasca, pero era un negro y evidentemente venido del continente africano. Ahora estaba en aquella tierra, en aquellas arenas, mejor dicho, y ya lo sabía el hombre que llevaba preservativos en el traje de baño para las sirenas, no deseaba aquel pescador irse a ningún otro lado, ya nunca más.
martes, 22 de marzo de 2011
La historia del hombre que llevaba preservativos en el traje de baño para las sirenas - Capítulo 5 - Hablando explícitamente
Hablar con ella fue lo más dulce, lo más intenso, y el momento en que se sintió más sincero en su vida. Observar cada detalle de su cuerpo, mientras nadaba dulcemente apenas sobre el fondo del mundo, cada una de sus pestañas, de sus dibujos en los ojos, cada una de las mínimas curvas de los labios, la cara, los pómulos, que componen la sonrisa. Los dientes, puros, la lengua, feliz.
Observar cada detalle vivo, cada movimiento abrazando los instantes que vienen a continuación, rodeando el agua alrededor del hombre con sus brazos, iluminando el suelo marino con el bordó rojo, carmesí, impactante de su cabellera, de su cabeza y de su alma. Ese cuerpo fenomenal, tenso de músculos bien apasionados por el movimiento, llenos de ilusión y libertad, de fuerza y de agilidad.
El hombre abrió su short, su sexo erecto acarició la panza de la sirena tranquila, que nadaba de espaldas sin esfuerzo con sus pies, y llevaba al hombre sobre sí con la corriente y tocando algunas veces sus brazos, tocando algunas veces su espalda o su torso, o sus piernas suavemente. Sonreía, la sirena, extasiada con su presencia, maravillada, sonreía y estaba más tranquila que nunca, no le importaba nada más, a veces golpeaba con su espalda algunas piedras del fondo, y algunas leves lastimaduras en su piel no provocaban un mínimo cambio en su expresión, en su lenguaje, en su hablar apasionado verso tras verso, oración tras oración.
El hombre no estaba menos emocionado. Esta vez la estaba mirando directamente a los ojos, distinguía claramente cada uno de los detalles de su cara, de su expresión, de sus brazos, de sus senos, cada una de las infinitas direcciones a donde la panza de la sirena apuntaba. Cada una de las posiciones de su ombligo. Cada una de las posiciones de sus senos. Cada una de las posiciones de cada uno de los cabellos larguísimos en torno a su cuerpo. Cada una de las miradas y las preguntas, o las respuestas, y caricias, y demandas, y cariños que hablaban indudablemente en sus ojos.
No entendía cómo esos ojos podían contener tantos colores y tantas formas, tantos reflejos y tantas palabras. Cómo podían haber visto tantas cosas como ya habían visto. Cómo podían querer tantas cosas con tanta claridad, con tanta dulzura.
La sirena buscó en su short. Sabía que aquel hombre ya había conocido a las de su especie. Sabía que la respetaba y sabía que había venido preparado para aquel encuentro.
El hombre, mientras la sirena descubría aquellos preservativos blancos y trabajaba lentamente en abrir su envoltura y luego colocarlo sobre su miembro, el hombre recordaba la primera vez que persiguiendo bajo el agua aquel ser extraordinario, éste le mostró aquellos preservativos y lo usaron y disfrutó y gozó bajo el agua como si el tiempo se hubiera transformado, como si su cuerpo pudiera alimentarse de otras formas y la sangre mantenerse viva aún por tanto tiempo. Lo mismo le estaba sucediendo en aquel momento, la misma sensación extraña le recorría la sangre y de la misma forma el tiempo le parecía haberse transformado, de la misma forma la comunicación con aquella sirena le parecía completa y total.
De pronto la sirena se dio media vuelta y le dio su espalda, completa y hermosa, la cabellera se abrió sobre los dos, las caricias de semejantes cabellos bajo el agua corrían desde la propia cabeza del hombre hasta los extremos de sus brazos, a veces abiertos, hasta por su pecho, hasta por sus muslos o su espalda, y se volvían a abrir como con vida propia, acariciaban el cuerpo hermoso de la sirena también, sus redondos senos y sus piernas que bajaban y subían impulsándolos a los dos a cierta, importante velocidad. Y a los brazos de la sirena que acariciaban el fondo del mar y el agua que venía a continuación o las partes de su propio cuerpo que se tensaban emocionadas, las partes del propio cuerpo del hombre que hacían lo mismo, que vibraban y temblaban en el rastro que iban dejando bajo el agua, sobre el fondo del mar.
Aquella penetración duró quince kilómetros a lo largo del fondo de la costa en donde se escondían los mil y un lugares secretos donde él sabía que podía encontrarse con aquellas sirenas.
Al final los dos, exhaustos, se dejaron arrastrar por el fondo dulcemente, abrazados con brazos, piernas, pies de sirena, cabellos ondulados y carmesí, y caricias y movimientos suaves.
Observar cada detalle vivo, cada movimiento abrazando los instantes que vienen a continuación, rodeando el agua alrededor del hombre con sus brazos, iluminando el suelo marino con el bordó rojo, carmesí, impactante de su cabellera, de su cabeza y de su alma. Ese cuerpo fenomenal, tenso de músculos bien apasionados por el movimiento, llenos de ilusión y libertad, de fuerza y de agilidad.
El hombre abrió su short, su sexo erecto acarició la panza de la sirena tranquila, que nadaba de espaldas sin esfuerzo con sus pies, y llevaba al hombre sobre sí con la corriente y tocando algunas veces sus brazos, tocando algunas veces su espalda o su torso, o sus piernas suavemente. Sonreía, la sirena, extasiada con su presencia, maravillada, sonreía y estaba más tranquila que nunca, no le importaba nada más, a veces golpeaba con su espalda algunas piedras del fondo, y algunas leves lastimaduras en su piel no provocaban un mínimo cambio en su expresión, en su lenguaje, en su hablar apasionado verso tras verso, oración tras oración.
El hombre no estaba menos emocionado. Esta vez la estaba mirando directamente a los ojos, distinguía claramente cada uno de los detalles de su cara, de su expresión, de sus brazos, de sus senos, cada una de las infinitas direcciones a donde la panza de la sirena apuntaba. Cada una de las posiciones de su ombligo. Cada una de las posiciones de sus senos. Cada una de las posiciones de cada uno de los cabellos larguísimos en torno a su cuerpo. Cada una de las miradas y las preguntas, o las respuestas, y caricias, y demandas, y cariños que hablaban indudablemente en sus ojos.
No entendía cómo esos ojos podían contener tantos colores y tantas formas, tantos reflejos y tantas palabras. Cómo podían haber visto tantas cosas como ya habían visto. Cómo podían querer tantas cosas con tanta claridad, con tanta dulzura.
La sirena buscó en su short. Sabía que aquel hombre ya había conocido a las de su especie. Sabía que la respetaba y sabía que había venido preparado para aquel encuentro.
El hombre, mientras la sirena descubría aquellos preservativos blancos y trabajaba lentamente en abrir su envoltura y luego colocarlo sobre su miembro, el hombre recordaba la primera vez que persiguiendo bajo el agua aquel ser extraordinario, éste le mostró aquellos preservativos y lo usaron y disfrutó y gozó bajo el agua como si el tiempo se hubiera transformado, como si su cuerpo pudiera alimentarse de otras formas y la sangre mantenerse viva aún por tanto tiempo. Lo mismo le estaba sucediendo en aquel momento, la misma sensación extraña le recorría la sangre y de la misma forma el tiempo le parecía haberse transformado, de la misma forma la comunicación con aquella sirena le parecía completa y total.
De pronto la sirena se dio media vuelta y le dio su espalda, completa y hermosa, la cabellera se abrió sobre los dos, las caricias de semejantes cabellos bajo el agua corrían desde la propia cabeza del hombre hasta los extremos de sus brazos, a veces abiertos, hasta por su pecho, hasta por sus muslos o su espalda, y se volvían a abrir como con vida propia, acariciaban el cuerpo hermoso de la sirena también, sus redondos senos y sus piernas que bajaban y subían impulsándolos a los dos a cierta, importante velocidad. Y a los brazos de la sirena que acariciaban el fondo del mar y el agua que venía a continuación o las partes de su propio cuerpo que se tensaban emocionadas, las partes del propio cuerpo del hombre que hacían lo mismo, que vibraban y temblaban en el rastro que iban dejando bajo el agua, sobre el fondo del mar.
Aquella penetración duró quince kilómetros a lo largo del fondo de la costa en donde se escondían los mil y un lugares secretos donde él sabía que podía encontrarse con aquellas sirenas.
Al final los dos, exhaustos, se dejaron arrastrar por el fondo dulcemente, abrazados con brazos, piernas, pies de sirena, cabellos ondulados y carmesí, y caricias y movimientos suaves.
La historia del hombre que llevaba preservativos en el traje de baño para las sirenas - Capítulo 4 - Aparece la sirena
Hablar… hablar, y hablar y hablar… con todas las cosas, las arenas, las piedras, el agua, las algas, las medusas, los peces, los reflejos, los caracoles… como si se estuviera hablando con todas las cosas realmente, como si las estrellas estuvieran allí, detrás, evidentemente… como si pudiera hablar con la oscuridad enorme del mundo mientras brillaba el sol, y brillaba el sol de aquella manera, explotando mil detalles, un millón de realidades y afectando inmensas, inmensas cantidades de consciencias en diferentes cuerpos… peces o el hombre. De repente, desde el fondo de la conversación un silencio… una paz inmensa, una intensidad que aturde, un equilibrio sostenido que diluye, separa, oculta, como la ola de la brisa al pájaro, oculta las palabras de ese lenguaje en todas partes… Una sirena pasó por el fondo del mundo, del costado del agua, de la playa que se adentra en el mar profundo, que es la boca de la inmensidad, que es la lengua con detalle de un cuerpo tan grande… Las palabras del lenguaje como los pájaros luego de un rayo, levantan muy paulatinamente su canto, su expresión, su hablar con todas las cosas.
Aquello que el hombre acababa de ver era la obra más sublime de la naturaleza. El cuerpo que observó era de una belleza incongruente. Tanta belleza y tanta sorpresa, aquellos cabellos ondulados, aquella enorme cabellera pelirroja bordó, la gracia de esa cabellera abundante moviéndose bajo el agua. Aquellas piernas unidas en sus rodillas y en sus tobillos. La gracia de sus pies amplios, amplios y delicadísimos. El color, piel humana de las piernas… de las caderas fuertes, musculosas, bellísimas. Del comienzo de aquella espalda maravillosa, de aquel ombligo, aquella panza preciosa, estirada, fuerte. Tensa como una fruta madura, ardiente por todos los lugares donde se tensó y donde se distendió, latiente, llevaba con ella los hermosos kilómetros y las distancias abrumadoras del océano, de los océanos, de las playas más distantes, de los calores y de los fríos, de las compañías animales y vegetales y minerales más dispares.
El rostro no lo había visto a él. Él la veía ahora, no podía creer la inmensidad de detalles que tenían aquellos cabellos… la nitidez que tenían aquellas piernas, el color perfecto, intenso, inevitable de aquella piel, desnuda por siempre. Los brazos… iguales a los de él, enormemente gráciles, siempre en movimiento, en habla con el agua y sus olas, con el pasado y el futuro del mar, con lo que venía y lo que se iba, con lo que pasó hace un instante, dos, tres… cuatro, y lo que va a suceder dentro de uno, dos, tres… cuatro. Siempre llevando a la panza aquellos lugares donde quiere estar, siempre acariciando su voluntad.
Pero los peces habían vuelto a hablar a su alrededor, los cangrejos a jugar y a rezongar por el fondo, los caracoles ya asomaban al presente como queriendo despertar. Entonces se inclinó hacia adelante, hacia las aguas profundas, hacia la oscuridad azul, hacia la distancia inmensa. Detrás la playa y encima el cielo, adelante: la sirena que nadaba en eses, apenas sobre el fondo, ahora boca abajo, mostrando todas sus piernas, impulsándose poderosa tres metros, ahora giró siempre con la punta de sus brazos, con lo que venía adelante, y nada boca arriba, brazos abiertos, los cabellos acariciando el fondo del mar, abiertos, ondeantes, los pies impulsándose cruzados, uno y otro, la panza en su dirección, el ombligo apuntando al suyo, y bajo su rostro, bajo aquella cara sonriente, maravillada, maravillosa, brillante, más nítida que nunca y más nítidos que nunca los dos senos amplios, fuertes, dulces, suaves, redondos, acariciados por la corriente marina, salada, tocando primero el agua que luego, breves instantes después, se zambullía en su panza, para deslizarse inmensa dentro de sus piernas, pasando por el hueco bello de sus piernas separadas a las alturas de los muslos. La corriente, el agua que la atravesaba, el agua de donde ella se aferraba.
Aquello que el hombre acababa de ver era la obra más sublime de la naturaleza. El cuerpo que observó era de una belleza incongruente. Tanta belleza y tanta sorpresa, aquellos cabellos ondulados, aquella enorme cabellera pelirroja bordó, la gracia de esa cabellera abundante moviéndose bajo el agua. Aquellas piernas unidas en sus rodillas y en sus tobillos. La gracia de sus pies amplios, amplios y delicadísimos. El color, piel humana de las piernas… de las caderas fuertes, musculosas, bellísimas. Del comienzo de aquella espalda maravillosa, de aquel ombligo, aquella panza preciosa, estirada, fuerte. Tensa como una fruta madura, ardiente por todos los lugares donde se tensó y donde se distendió, latiente, llevaba con ella los hermosos kilómetros y las distancias abrumadoras del océano, de los océanos, de las playas más distantes, de los calores y de los fríos, de las compañías animales y vegetales y minerales más dispares.
El rostro no lo había visto a él. Él la veía ahora, no podía creer la inmensidad de detalles que tenían aquellos cabellos… la nitidez que tenían aquellas piernas, el color perfecto, intenso, inevitable de aquella piel, desnuda por siempre. Los brazos… iguales a los de él, enormemente gráciles, siempre en movimiento, en habla con el agua y sus olas, con el pasado y el futuro del mar, con lo que venía y lo que se iba, con lo que pasó hace un instante, dos, tres… cuatro, y lo que va a suceder dentro de uno, dos, tres… cuatro. Siempre llevando a la panza aquellos lugares donde quiere estar, siempre acariciando su voluntad.
Pero los peces habían vuelto a hablar a su alrededor, los cangrejos a jugar y a rezongar por el fondo, los caracoles ya asomaban al presente como queriendo despertar. Entonces se inclinó hacia adelante, hacia las aguas profundas, hacia la oscuridad azul, hacia la distancia inmensa. Detrás la playa y encima el cielo, adelante: la sirena que nadaba en eses, apenas sobre el fondo, ahora boca abajo, mostrando todas sus piernas, impulsándose poderosa tres metros, ahora giró siempre con la punta de sus brazos, con lo que venía adelante, y nada boca arriba, brazos abiertos, los cabellos acariciando el fondo del mar, abiertos, ondeantes, los pies impulsándose cruzados, uno y otro, la panza en su dirección, el ombligo apuntando al suyo, y bajo su rostro, bajo aquella cara sonriente, maravillada, maravillosa, brillante, más nítida que nunca y más nítidos que nunca los dos senos amplios, fuertes, dulces, suaves, redondos, acariciados por la corriente marina, salada, tocando primero el agua que luego, breves instantes después, se zambullía en su panza, para deslizarse inmensa dentro de sus piernas, pasando por el hueco bello de sus piernas separadas a las alturas de los muslos. La corriente, el agua que la atravesaba, el agua de donde ella se aferraba.
lunes, 21 de marzo de 2011
La historia del hombre que llevaba preservativos en el traje de baño para las sirenas - Capítulo 3
Aquel hombre se zambulló y el mundo tuvo otro pasado. Más antigua, la historia completa de los hechos que lo afectaban a él mismo, tenía capítulos y páginas que de otra manera no tenía. Se prolongaba ahora en idiomas mucho más antiguos.
Suavemente se fue dando cuenta, mientras dejaba que las ondas de los movimientos submarinos lo trasladaran y lo tranquilizasen, que reconocía aquel lenguaje… que ya en otros momentos en que se zambullía había entendido, y que ya había utilizado algunas partes de aquel mismo idioma.
Los peces de colores lo rodeaban, lo esquivaban un poco y otro poco daban vueltas alrededor suyo. Con los lentes, veía claro que no eran colores elipsoides que se movieran como burbujas. Las líneas de sus costados, sus aletas, sus ojos, todo tenía un detalle y una perfección absoluta en aquellos peces. Las líneas azules, las blancas, las transparentes, las amarillas, las negras, las rosadas, las celestes, turquesas, violetas. Y sus movimientos no eran desinteresadas burbujas: cada segundo, cada mirada, cada aleta se volvía de una manera o de otra para desplazarse rápidamente, con una certeza sorprendente.
Las algas verdes, marrones, rojizas, los erizos negros, los caracoles rosados, blancos, nácar, no eran manchas bajo el agua, superficie sobre la que el mar vivía, superficie que se movía y bailaba como queriendo olvidar que el fondo estaba quieto, que las olas chocarían contra la tierra inevitablemente. No. Esas algas definidas ahora, como hojas o como largos brazos, o ramificados dedos, o cabellos indescriptibles, acariciaban el agua como queriendo hacerle dar cuenta que el suelo estaba quieto…
Pero se lo querían hacer dar cuenta de una manera dulce, no querían decírselo así de pronto, como si no hubiera nada más para decir. No, ahora que el hombre se daba cuenta, todo, hasta los caracoles y los cangrejos que antes habían sido las manchas rojas o azules más rápidas del fondo móvil, ahora parecían estar susurrándole un secreto al agua, al mar, a la inmensidad. Ese secreto: que la tierra estaba bastante quieta.
Él se sintió entonces hablado. Sintió que le dirigían parte de aquel lenguaje antiguo, algunas veces olvidado. Pero se sintió parte del contenido del lenguaje, también, se sintió la tierra que se hacía referencia en la última frase que todo el mundo le comunicaba, se sintió eso que parecía estar quieto, se sintió conocedor, sabio, de esa tierra que parecía estar quieta. Sabio de esa quietud que él bien sabía que era movimiento también, al final.
Tuvo el impulso de hablar, pero no podía. El agua se lo hacía casi imposible, y el tubo respirador que abrazaba y mordía adentro de su boca lo dificultaba hasta un punto evidente. Sus palabras, en aquel idioma, eran indefectiblemente su cuerpo. Sus movimientos. Un brazo hablaba una oración en conjunción con el fondo de arena, las sombras y los reflejos, producidos por el sol. Sus ojos moviéndose dentro de la máscara, una inclinación de su cabeza, las burbujas del tubo cuando bajaba cerca del fondo, sus pies nadando… sus brazos nadando de mil maneras diferentes, flotando… las curvas infinitas, sin fin, de los brazos a la manera del tai chi chuan con las palmas bien abiertas para impulsarse lo más posible en el agua. La dulzura de un ave, la dirección de un delfín: que hace desaparecer sus brazos en apenas aletas para hundir su nariz un poco más adelante de lo que en aquel momento iría hundiendo, si no lo quisiera hacer así.
Suavemente se fue dando cuenta, mientras dejaba que las ondas de los movimientos submarinos lo trasladaran y lo tranquilizasen, que reconocía aquel lenguaje… que ya en otros momentos en que se zambullía había entendido, y que ya había utilizado algunas partes de aquel mismo idioma.
Los peces de colores lo rodeaban, lo esquivaban un poco y otro poco daban vueltas alrededor suyo. Con los lentes, veía claro que no eran colores elipsoides que se movieran como burbujas. Las líneas de sus costados, sus aletas, sus ojos, todo tenía un detalle y una perfección absoluta en aquellos peces. Las líneas azules, las blancas, las transparentes, las amarillas, las negras, las rosadas, las celestes, turquesas, violetas. Y sus movimientos no eran desinteresadas burbujas: cada segundo, cada mirada, cada aleta se volvía de una manera o de otra para desplazarse rápidamente, con una certeza sorprendente.
Las algas verdes, marrones, rojizas, los erizos negros, los caracoles rosados, blancos, nácar, no eran manchas bajo el agua, superficie sobre la que el mar vivía, superficie que se movía y bailaba como queriendo olvidar que el fondo estaba quieto, que las olas chocarían contra la tierra inevitablemente. No. Esas algas definidas ahora, como hojas o como largos brazos, o ramificados dedos, o cabellos indescriptibles, acariciaban el agua como queriendo hacerle dar cuenta que el suelo estaba quieto…
Pero se lo querían hacer dar cuenta de una manera dulce, no querían decírselo así de pronto, como si no hubiera nada más para decir. No, ahora que el hombre se daba cuenta, todo, hasta los caracoles y los cangrejos que antes habían sido las manchas rojas o azules más rápidas del fondo móvil, ahora parecían estar susurrándole un secreto al agua, al mar, a la inmensidad. Ese secreto: que la tierra estaba bastante quieta.
Él se sintió entonces hablado. Sintió que le dirigían parte de aquel lenguaje antiguo, algunas veces olvidado. Pero se sintió parte del contenido del lenguaje, también, se sintió la tierra que se hacía referencia en la última frase que todo el mundo le comunicaba, se sintió eso que parecía estar quieto, se sintió conocedor, sabio, de esa tierra que parecía estar quieta. Sabio de esa quietud que él bien sabía que era movimiento también, al final.
Tuvo el impulso de hablar, pero no podía. El agua se lo hacía casi imposible, y el tubo respirador que abrazaba y mordía adentro de su boca lo dificultaba hasta un punto evidente. Sus palabras, en aquel idioma, eran indefectiblemente su cuerpo. Sus movimientos. Un brazo hablaba una oración en conjunción con el fondo de arena, las sombras y los reflejos, producidos por el sol. Sus ojos moviéndose dentro de la máscara, una inclinación de su cabeza, las burbujas del tubo cuando bajaba cerca del fondo, sus pies nadando… sus brazos nadando de mil maneras diferentes, flotando… las curvas infinitas, sin fin, de los brazos a la manera del tai chi chuan con las palmas bien abiertas para impulsarse lo más posible en el agua. La dulzura de un ave, la dirección de un delfín: que hace desaparecer sus brazos en apenas aletas para hundir su nariz un poco más adelante de lo que en aquel momento iría hundiendo, si no lo quisiera hacer así.
La historia del hombre que llevaba preservativos en el traje de baño para las sirenas - Capítulo 2
Iba ya el agua lamiéndole el pecho y veía contra el suelo las siluetas de peces hermosos y de profundos colores, cuando se acordó del snorquel que la última vez había traído. Sin introducir la cabeza dentro del agua dio media vuelta y regresó a la arena, a zambullirse dentro del silencio que no era tal pero parecía, a abrir la mochila y sacar su máscara y respirador. Aquel aparato había transformado sus experiencias bajo el agua, los peces tenían ahora líneas definidas y compactas, no quería ni imaginarse cómo podían llegar a lucir las hermosas y perfectas sirenas ante el inigualable descubrimiento.
Había veces en las que no se encontraba con ninguna de ellas, durante todas sus largas y pacíficas travesías y paseos bajo el agua, a lo largo de las cortas y unidas playitas, bajo las piedras y los árboles, las palmeras y las plantas de tantas formas y de tantos colores.
Quizás se dirigieran a otras partes por algunos días, o tal vez por más tiempo. No tenía muchas certezas, porque la verdad era que él tampoco se mostraba con mucha continuidad para encontrarse con ellas. No sabía bien por qué esto era así, porque la verdad era que las quería, realmente las quería mucho. Por lo menos, algo era seguro, siempre volvería a buscarlas en aquellos escondites, en aquellos lugares tan especiales, aunque a veces se demorase algún par de años en volver. Esas demoras eran, para él, como tranquilas olas contra las que no se divertía nadando como loco, si no dejándose llevar como sintiendo todo el movimiento que traían desde lo profundo del mar y en conjunción con los altos volúmenes de aire, que jugaban todos sumados a ser una impresionante y única atmósfera.
Había veces en las que no se encontraba con ninguna de ellas, durante todas sus largas y pacíficas travesías y paseos bajo el agua, a lo largo de las cortas y unidas playitas, bajo las piedras y los árboles, las palmeras y las plantas de tantas formas y de tantos colores.
Quizás se dirigieran a otras partes por algunos días, o tal vez por más tiempo. No tenía muchas certezas, porque la verdad era que él tampoco se mostraba con mucha continuidad para encontrarse con ellas. No sabía bien por qué esto era así, porque la verdad era que las quería, realmente las quería mucho. Por lo menos, algo era seguro, siempre volvería a buscarlas en aquellos escondites, en aquellos lugares tan especiales, aunque a veces se demorase algún par de años en volver. Esas demoras eran, para él, como tranquilas olas contra las que no se divertía nadando como loco, si no dejándose llevar como sintiendo todo el movimiento que traían desde lo profundo del mar y en conjunción con los altos volúmenes de aire, que jugaban todos sumados a ser una impresionante y única atmósfera.
La historia del hombre que llevaba preservativos en el traje de baño para las sirenas - Capítulo 1
El hombre bajó del ómnibus. Llevaba solo un traje de baño, dos chinelas en los pies y una mochila. Con el torso desnudo mostraba que estaba acostumbrado a estar bajo el sol. Era la una y cinco de la tarde. Muy pocas personas se bajaron con él, y al desaparecer rápidamente en sus autos, las calles quedaron vacías con su sola presencia, que ya caminaba cabeza gacha en una dirección determinada, de forma elegante, rápida y graciosa.
Al llegar a la pequeña playa, fue reinado él también por el silencio total que había allí. Todo el silencio solo vibraba paulatinamente con los arrullos de las olas y algún que otro zumbar profundo y agudo desde las partes más verde oscuro de la costa empinada.
Mientras dejó su mochila a la sombra de un arbusto enmarañado que caía sobre la arena, pudo escuchar lento y pausado cómo un pájaro, tal vez azul como el mar más profundo, o turquesa como el mar más ofrendado sobre la tierra, sobre las arenas, cantaba lentamente una canción que tal vez en otros tiempos compusiera o tal vez en aquellos mismos instantes estuviera siendo traída desde las matemáticas frías e indiferentes, hasta la realidad misma, existente.
Cuando el calor lo abrasó y una brisa perdió el sonido del pájaro como adentro de una ola, entonces dejó sus chinelas, sacó sus pies y se deslizó en la arena. De pronto ya estaba en el agua, la superficie le acariciaba las rodillas, e inminente, como si ya lo hubiese hecho alguna vez, se sugería a lamer abiertamente sus muslos, devorándolos, como un fruto de hombre, como fruto maduro, excelente, de carne, de músculos hermosos y ejercitados que cargaban con los sabores de todos los lugares donde habían decidido estar, con los lugares de todas las ilusiones que los promovieron a actuar.
Y en este preciso momento es que se tanteó el bolsillo trasero del short. Allí estaban, gracias a dios, como siempre, los preservativos blancos. La defensa de razas. Aquellos que las sirenas siempre le irían a exigir cuando fueran a encontrarse bajo el agua, o en aquellas cavernas entre las piedras, directamente sobre el fondo del mar o en alguno de los tantos rincones de piedras y de vegetación que se escondían a lo largo de aquella hermosa costa.
Al llegar a la pequeña playa, fue reinado él también por el silencio total que había allí. Todo el silencio solo vibraba paulatinamente con los arrullos de las olas y algún que otro zumbar profundo y agudo desde las partes más verde oscuro de la costa empinada.
Mientras dejó su mochila a la sombra de un arbusto enmarañado que caía sobre la arena, pudo escuchar lento y pausado cómo un pájaro, tal vez azul como el mar más profundo, o turquesa como el mar más ofrendado sobre la tierra, sobre las arenas, cantaba lentamente una canción que tal vez en otros tiempos compusiera o tal vez en aquellos mismos instantes estuviera siendo traída desde las matemáticas frías e indiferentes, hasta la realidad misma, existente.
Cuando el calor lo abrasó y una brisa perdió el sonido del pájaro como adentro de una ola, entonces dejó sus chinelas, sacó sus pies y se deslizó en la arena. De pronto ya estaba en el agua, la superficie le acariciaba las rodillas, e inminente, como si ya lo hubiese hecho alguna vez, se sugería a lamer abiertamente sus muslos, devorándolos, como un fruto de hombre, como fruto maduro, excelente, de carne, de músculos hermosos y ejercitados que cargaban con los sabores de todos los lugares donde habían decidido estar, con los lugares de todas las ilusiones que los promovieron a actuar.
Y en este preciso momento es que se tanteó el bolsillo trasero del short. Allí estaban, gracias a dios, como siempre, los preservativos blancos. La defensa de razas. Aquellos que las sirenas siempre le irían a exigir cuando fueran a encontrarse bajo el agua, o en aquellas cavernas entre las piedras, directamente sobre el fondo del mar o en alguno de los tantos rincones de piedras y de vegetación que se escondían a lo largo de aquella hermosa costa.
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