Hablar… hablar, y hablar y hablar… con todas las cosas, las arenas, las piedras, el agua, las algas, las medusas, los peces, los reflejos, los caracoles… como si se estuviera hablando con todas las cosas realmente, como si las estrellas estuvieran allí, detrás, evidentemente… como si pudiera hablar con la oscuridad enorme del mundo mientras brillaba el sol, y brillaba el sol de aquella manera, explotando mil detalles, un millón de realidades y afectando inmensas, inmensas cantidades de consciencias en diferentes cuerpos… peces o el hombre. De repente, desde el fondo de la conversación un silencio… una paz inmensa, una intensidad que aturde, un equilibrio sostenido que diluye, separa, oculta, como la ola de la brisa al pájaro, oculta las palabras de ese lenguaje en todas partes… Una sirena pasó por el fondo del mundo, del costado del agua, de la playa que se adentra en el mar profundo, que es la boca de la inmensidad, que es la lengua con detalle de un cuerpo tan grande… Las palabras del lenguaje como los pájaros luego de un rayo, levantan muy paulatinamente su canto, su expresión, su hablar con todas las cosas.
Aquello que el hombre acababa de ver era la obra más sublime de la naturaleza. El cuerpo que observó era de una belleza incongruente. Tanta belleza y tanta sorpresa, aquellos cabellos ondulados, aquella enorme cabellera pelirroja bordó, la gracia de esa cabellera abundante moviéndose bajo el agua. Aquellas piernas unidas en sus rodillas y en sus tobillos. La gracia de sus pies amplios, amplios y delicadísimos. El color, piel humana de las piernas… de las caderas fuertes, musculosas, bellísimas. Del comienzo de aquella espalda maravillosa, de aquel ombligo, aquella panza preciosa, estirada, fuerte. Tensa como una fruta madura, ardiente por todos los lugares donde se tensó y donde se distendió, latiente, llevaba con ella los hermosos kilómetros y las distancias abrumadoras del océano, de los océanos, de las playas más distantes, de los calores y de los fríos, de las compañías animales y vegetales y minerales más dispares.
El rostro no lo había visto a él. Él la veía ahora, no podía creer la inmensidad de detalles que tenían aquellos cabellos… la nitidez que tenían aquellas piernas, el color perfecto, intenso, inevitable de aquella piel, desnuda por siempre. Los brazos… iguales a los de él, enormemente gráciles, siempre en movimiento, en habla con el agua y sus olas, con el pasado y el futuro del mar, con lo que venía y lo que se iba, con lo que pasó hace un instante, dos, tres… cuatro, y lo que va a suceder dentro de uno, dos, tres… cuatro. Siempre llevando a la panza aquellos lugares donde quiere estar, siempre acariciando su voluntad.
Pero los peces habían vuelto a hablar a su alrededor, los cangrejos a jugar y a rezongar por el fondo, los caracoles ya asomaban al presente como queriendo despertar. Entonces se inclinó hacia adelante, hacia las aguas profundas, hacia la oscuridad azul, hacia la distancia inmensa. Detrás la playa y encima el cielo, adelante: la sirena que nadaba en eses, apenas sobre el fondo, ahora boca abajo, mostrando todas sus piernas, impulsándose poderosa tres metros, ahora giró siempre con la punta de sus brazos, con lo que venía adelante, y nada boca arriba, brazos abiertos, los cabellos acariciando el fondo del mar, abiertos, ondeantes, los pies impulsándose cruzados, uno y otro, la panza en su dirección, el ombligo apuntando al suyo, y bajo su rostro, bajo aquella cara sonriente, maravillada, maravillosa, brillante, más nítida que nunca y más nítidos que nunca los dos senos amplios, fuertes, dulces, suaves, redondos, acariciados por la corriente marina, salada, tocando primero el agua que luego, breves instantes después, se zambullía en su panza, para deslizarse inmensa dentro de sus piernas, pasando por el hueco bello de sus piernas separadas a las alturas de los muslos. La corriente, el agua que la atravesaba, el agua de donde ella se aferraba.
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