El hombre oculto en la noche lo reconoció mucho antes, y ya sonreía cuando el otro lo divisó entre las sombras. Soltó la red que estaba doblando suavemente sobre la cubierta del barco, para darle las dos manos y terminar abrazándose con el hombre de chinelas, que terminaron en el suelo, una tercera parte de su altura hundidas en la arena mojada al costado del bote. Hablaron ambos el mismo lenguaje de las algas y del fondo del mar, el mismo lenguaje de los árboles y del sol y de las estrellas, sus brazos abrazados decían aquellas palabras tibias, cálidas como los brillos del sol y de las estrellas.
Luego de unos minutos de silencio, donde se contemplaron lentamente, el hombre de las chinelas las recogió de la arena y siguió al pescador arenas arriba al costado de la cuerda del bote. Traspasaron el primer médano, pasaron entre dos abrazos de la vegetación que croaba y chirriaba dulcemente como las estrellas tintineaban, y unos pasos más adelante la cabaña del pescador los recibió con su reflejo lunar. El animal guardián de la casa, un halcón muy hermoso y solemne, los dejaba pasar con cierta indiferencia o tal vez ayudando a ocultar sus propias presencias. Desde arriba de un árbol, justo en frente de la puerta de entrada a la casa, divisaba toda la llanura de médanos y de vegetación cerrada que se extendía hasta las primeras elevaciones, bien verdes y de piedras negras en medio círculo, alrededor de la gran playa.
Dentro, la luz de la tenue luna dibujaba el estar de la planta baja. Había muchas redes y artículos de pesca, dos ventanas abiertas, mucha arena en el suelo, aún tibia, y la brisa y los sonidos de la vegetación habitaban como en la arena, allí dentro. A un costado, la escalera de palos muy secos y gastados llegaba a la mediana altura del altillo-habitación donde el amigo pescador del hombre que llevaba preservativos para las sirenas, dormía las primeras horas de las noches. Detrás, al lado de la entrada, quedaba una mesa pequeña donde el pescador cocinaba su comida. Sonriendo, el pescador le mostraba su cara a su amigo, orgulloso de su tesoro, de su vida. Y otra vez se quedaron largos minutos contemplándose el uno al otro, entendiéndose, hablándose en idiomas cada vez más antiguos.
Finalmente, el pescador retrocedió dos pasos hasta el fondo de su casa, se agachó, y agachado corrió hacia el centro de la habitación un cajoncito de madera. Los preservativos eran hechos por aquel mismo hombre. Utilizaba ingredientes secretos, transmitidos quizás de generaciones en generaciones, y tal vez de una raza a otra. Eran blancos como la luna, y tenían un aroma único, muy intenso y especialmente atractivo para las sirenas.
Se llevó solamente dos. Aún tenía uno sin usar en el bolsillo trasero de su short, además del que llevaba anudado. Los preservativos estaban envueltos en una cáscara elástica y se mantenían en una crema casi sólida. Guardó los tres que tenía, en la mochila. Y sacó el cuarto, anudado, pidiéndole al pescador permiso para salir por la otra puerta de su casa y seguir el caminito blanco señalado por la arena. Salieron los dos caminando casi agachados. Luego de dos médanos apenas más altos que ellos, y completamente cubiertos por la vegetación, llegaron a un altar de roca. Entre aquellos médanos y aquella llanura, ya a bastantes metros del comienzo de la playa y del borde rocoso, la roca alcanzaba a aflorar apenas sobre el fondo de arena. Había un charco de agua clara que reflejaba la luz de la luna, y alrededor, una muralla de solo setenta centímetros de alto de roca lo rodeaba en poco menos que la mitad de su círculo. El fondo del charco se inclinaba vertiginosamente hacia abajo a medida que uno se acercaba a mirar. Durante mucho tiempo algunos hombres han de haber guardado en aquel mismo lugar aquellos mismos preservativos usados, preguntándose tal vez las mismas cosas que el hombre que llevaba preservativos para las sirenas se preguntaba:
¿Cuándo mi vida podrá estar más relacionada con las sirenas?
¿Cuándo mi semen podrá fecundar estos hermosos seres, y los hijos de nuestras sangres no sufran y mueran como seres que no son naturales, como manifestaciones absurdas de la fantasía?
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