Fantástico es el borde externo del mundo. Hacia afuera está la multitud de las cosas. La realidad misma pelea saliendo a ese extraño afuera... Y siempre perdió esa batalla, pero en cada paso que cede, descubre un poco más la esperanza de la pelea. El mundo fue creado desde la fantasía hacia la realidad, el mundo es una cosa que se llenó desde afuera, y la fantasía (para nosotros) es remontar el río en catarata de esa sustancia -esencia del mundo-, la fantasía que cayó en la realidad.




martes, 22 de marzo de 2011

La historia del hombre que llevaba preservativos en el traje de baño para las sirenas - Capítulo 5 - Hablando explícitamente

Hablar con ella fue lo más dulce, lo más intenso, y el momento en que se sintió más sincero en su vida. Observar cada detalle de su cuerpo, mientras nadaba dulcemente apenas sobre el fondo del mundo, cada una de sus pestañas, de sus dibujos en los ojos, cada una de las mínimas curvas de los labios, la cara, los pómulos, que componen la sonrisa. Los dientes, puros, la lengua, feliz.

Observar cada detalle vivo, cada movimiento abrazando los instantes que vienen a continuación, rodeando el agua alrededor del hombre con sus brazos, iluminando el suelo marino con el bordó rojo, carmesí, impactante de su cabellera, de su cabeza y de su alma. Ese cuerpo fenomenal, tenso de músculos bien apasionados por el movimiento, llenos de ilusión y libertad, de fuerza y de agilidad.

El hombre abrió su short, su sexo erecto acarició la panza de la sirena tranquila, que nadaba de espaldas sin esfuerzo con sus pies, y llevaba al hombre sobre sí con la corriente y tocando algunas veces sus brazos, tocando algunas veces su espalda o su torso, o sus piernas suavemente. Sonreía, la sirena, extasiada con su presencia, maravillada, sonreía y estaba más tranquila que nunca, no le importaba nada más, a veces golpeaba con su espalda algunas piedras del fondo, y algunas leves lastimaduras en su piel no provocaban un mínimo cambio en su expresión, en su lenguaje, en su hablar apasionado verso tras verso, oración tras oración.

El hombre no estaba menos emocionado. Esta vez la estaba mirando directamente a los ojos, distinguía claramente cada uno de los detalles de su cara, de su expresión, de sus brazos, de sus senos, cada una de las infinitas direcciones a donde la panza de la sirena apuntaba. Cada una de las posiciones de su ombligo. Cada una de las posiciones de sus senos. Cada una de las posiciones de cada uno de los cabellos larguísimos en torno a su cuerpo. Cada una de las miradas y las preguntas, o las respuestas, y caricias, y demandas, y cariños que hablaban indudablemente en sus ojos.

No entendía cómo esos ojos podían contener tantos colores y tantas formas, tantos reflejos y tantas palabras. Cómo podían haber visto tantas cosas como ya habían visto. Cómo podían querer tantas cosas con tanta claridad, con tanta dulzura.

La sirena buscó en su short. Sabía que aquel hombre ya había conocido a las de su especie. Sabía que la respetaba y sabía que había venido preparado para aquel encuentro.

El hombre, mientras la sirena descubría aquellos preservativos blancos y trabajaba lentamente en abrir su envoltura y luego colocarlo sobre su miembro, el hombre recordaba la primera vez que persiguiendo bajo el agua aquel ser extraordinario, éste le mostró aquellos preservativos y lo usaron y disfrutó y gozó bajo el agua como si el tiempo se hubiera transformado, como si su cuerpo pudiera alimentarse de otras formas y la sangre mantenerse viva aún por tanto tiempo. Lo mismo le estaba sucediendo en aquel momento, la misma sensación extraña le recorría la sangre y de la misma forma el tiempo le parecía haberse transformado, de la misma forma la comunicación con aquella sirena le parecía completa y total.

De pronto la sirena se dio media vuelta y le dio su espalda, completa y hermosa, la cabellera se abrió sobre los dos, las caricias de semejantes cabellos bajo el agua corrían desde la propia cabeza del hombre hasta los extremos de sus brazos, a veces abiertos, hasta por su pecho, hasta por sus muslos o su espalda, y se volvían a abrir como con vida propia, acariciaban el cuerpo hermoso de la sirena también, sus redondos senos y sus piernas que bajaban y subían impulsándolos a los dos a cierta, importante velocidad. Y a los brazos de la sirena que acariciaban el fondo del mar y el agua que venía a continuación o las partes de su propio cuerpo que se tensaban emocionadas, las partes del propio cuerpo del hombre que hacían lo mismo, que vibraban y temblaban en el rastro que iban dejando bajo el agua, sobre el fondo del mar.

Aquella penetración duró quince kilómetros a lo largo del fondo de la costa en donde se escondían los mil y un lugares secretos donde él sabía que podía encontrarse con aquellas sirenas.

Al final los dos, exhaustos, se dejaron arrastrar por el fondo dulcemente, abrazados con brazos, piernas, pies de sirena, cabellos ondulados y carmesí, y caricias y movimientos suaves.

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