Fantástico es el borde externo del mundo. Hacia afuera está la multitud de las cosas. La realidad misma pelea saliendo a ese extraño afuera... Y siempre perdió esa batalla, pero en cada paso que cede, descubre un poco más la esperanza de la pelea. El mundo fue creado desde la fantasía hacia la realidad, el mundo es una cosa que se llenó desde afuera, y la fantasía (para nosotros) es remontar el río en catarata de esa sustancia -esencia del mundo-, la fantasía que cayó en la realidad.




lunes, 21 de marzo de 2011

La historia del hombre que llevaba preservativos en el traje de baño para las sirenas - Capítulo 3

Aquel hombre se zambulló y el mundo tuvo otro pasado. Más antigua, la historia completa de los hechos que lo afectaban a él mismo, tenía capítulos y páginas que de otra manera no tenía. Se prolongaba ahora en idiomas mucho más antiguos.

Suavemente se fue dando cuenta, mientras dejaba que las ondas de los movimientos submarinos lo trasladaran y lo tranquilizasen, que reconocía aquel lenguaje… que ya en otros momentos en que se zambullía había entendido, y que ya había utilizado algunas partes de aquel mismo idioma.

Los peces de colores lo rodeaban, lo esquivaban un poco y otro poco daban vueltas alrededor suyo. Con los lentes, veía claro que no eran colores elipsoides que se movieran como burbujas. Las líneas de sus costados, sus aletas, sus ojos, todo tenía un detalle y una perfección absoluta en aquellos peces. Las líneas azules, las blancas, las transparentes, las amarillas, las negras, las rosadas, las celestes, turquesas, violetas. Y sus movimientos no eran desinteresadas burbujas: cada segundo, cada mirada, cada aleta se volvía de una manera o de otra para desplazarse rápidamente, con una certeza sorprendente.

Las algas verdes, marrones, rojizas, los erizos negros, los caracoles rosados, blancos, nácar, no eran manchas bajo el agua, superficie sobre la que el mar vivía, superficie que se movía y bailaba como queriendo olvidar que el fondo estaba quieto, que las olas chocarían contra la tierra inevitablemente. No. Esas algas definidas ahora, como hojas o como largos brazos, o ramificados dedos, o cabellos indescriptibles, acariciaban el agua como queriendo hacerle dar cuenta que el suelo estaba quieto…

Pero se lo querían hacer dar cuenta de una manera dulce, no querían decírselo así de pronto, como si no hubiera nada más para decir. No, ahora que el hombre se daba cuenta, todo, hasta los caracoles y los cangrejos que antes habían sido las manchas rojas o azules más rápidas del fondo móvil, ahora parecían estar susurrándole un secreto al agua, al mar, a la inmensidad. Ese secreto: que la tierra estaba bastante quieta.

Él se sintió entonces hablado. Sintió que le dirigían parte de aquel lenguaje antiguo, algunas veces olvidado. Pero se sintió parte del contenido del lenguaje, también, se sintió la tierra que se hacía referencia en la última frase que todo el mundo le comunicaba, se sintió eso que parecía estar quieto, se sintió conocedor, sabio, de esa tierra que parecía estar quieta. Sabio de esa quietud que él bien sabía que era movimiento también, al final.

Tuvo el impulso de hablar, pero no podía. El agua se lo hacía casi imposible, y el tubo respirador que abrazaba y mordía adentro de su boca lo dificultaba hasta un punto evidente. Sus palabras, en aquel idioma, eran indefectiblemente su cuerpo. Sus movimientos. Un brazo hablaba una oración en conjunción con el fondo de arena, las sombras y los reflejos, producidos por el sol. Sus ojos moviéndose dentro de la máscara, una inclinación de su cabeza, las burbujas del tubo cuando bajaba cerca del fondo, sus pies nadando… sus brazos nadando de mil maneras diferentes, flotando… las curvas infinitas, sin fin, de los brazos a la manera del tai chi chuan con las palmas bien abiertas para impulsarse lo más posible en el agua. La dulzura de un ave, la dirección de un delfín: que hace desaparecer sus brazos en apenas aletas para hundir su nariz un poco más adelante de lo que en aquel momento iría hundiendo, si no lo quisiera hacer así.

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