El hombre observaba y observaba el rostro de la sirena que protegido por su ondulante cabellera parecía dormir aunque a veces rosara el fondo de arena lentamente. Aquella máscara le permitía ver lo que tantas veces había tocado y acariciado por interminables horas. Aquel rostro mágico de una dureza asombrosa pero de una dulzura enorme. La fuerza y la calma que habitaba todo aquel cuerpo en todas partes, en sus senos siempre sostenidos, en su espalda siempre cómoda, pero especialmente en su panza tibia y siempre consciente de los momentos o el agua que vendría a continuación, y siempre consciente también del agua que pasaba y los momentos que dejaba detrás, siempre amplia, siempre abierta, siempre real, siempre sincera, siempre sonriente y feliz de la realidad.
El hombre anudó el preservativo y lo guardó en el bolsillo trasero del short que volvió a ajustar a su cintura. Pensó en lo preciado de aquellos seres. En lo preciado de su oportunidad para conocerlos, y para quererlos, para amarlos. Y se puso triste. Afuera, apenas unos metros sobre su cabeza, el sol se estaba poniendo, el día se iba ocultando, y la inmensa oscuridad de la noche se iba revelando una nueva vez más, incapaz de ocultar más su realidad. Todas las palabras volvían otra vez a haber sido dichas en su totalidad. Las lenguas todas del mundo, extasiadas y a la vez cansadas por el trabajo, se calmaban y no sé cómo, pero se volvían para escuchar, y no palabras, si no la paz, se volvían a escuchar la capacidad de hablar todas las cosas que habían alcanzado todas las mismas cosas.
El hombre lloraba bajo el mar. Sus palabras ante aquella sirena querían decir más. Su cuerpo comenzaba a temblar de frío, y sus pulmones parecían enfurecerse, su corazón latía descontrolado, hasta su cara transformaba sus expresiones porque ya debía irse. Ya la sirena estaba completamente dormida, y si era ella la que producía aquella magia en su sangre, ya no lo hacía más cuando estaba dormida. Intentando pensar en los brillos de las primeras estrellas, se separaba de aquel cuerpo divino y nadaba hacia la superficie y hacia la oscuridad de los cielos enormes, inmensos de la noche.
Al rato llegó a la costa, agotado, temblando de frío y todavía con lágrimas en los ojos. Buscó durante unas buenas dos horas el lugar exacto donde había dejado su mochila, bajo la sola luz de las estrellas, y de una luna que apenas de reojo se decidía a mirar a la lujuriosa selva, que en las sombras de la noche ganaba el valor y la justa dimensión, congelada, del grito de todas las cosas vivas, el grito de festejo, el grito de gloria, de haber hablado todo lo que se podía hablar.
Unas horas más tarde, muy temprano en la mañana, el hombre llegaba a la playa grande del pueblo hasta donde llegaban los ómnibus. Aún era de noche, pero en el comienzo de esa playa, los pescadores que desde los tiempos inmemoriales de las razas indígenas y hasta los de los diferentes colonizadores de los últimos siglos, llevaban su vida en aquel lugar, ya preparaban los viajes que junto al aclarar del día emprenderían. Las profundidades altas de los mares allá adentro los esperaba, el fruto de la inmensidad para aquella costa de tierras casi quietas estaban dispuestos a ir a buscar.
Él, cansado, se acercó caminando por la arena mojada y las chinelas en sus manos, a uno de los botes que se estaban preparando. El tercero de la playa, uno más bajo y más ancho que los demás, al que solo un viejo oscuro como la noche y oculto en ella, lo estaba preparando. Solo al llegar a dos metros de distancia notó su presencia con los ojos, aunque se estuviera moviendo. Llevaba una boina quizás vasca, pero era un negro y evidentemente venido del continente africano. Ahora estaba en aquella tierra, en aquellas arenas, mejor dicho, y ya lo sabía el hombre que llevaba preservativos en el traje de baño para las sirenas, no deseaba aquel pescador irse a ningún otro lado, ya nunca más.
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