El hombre bajó del ómnibus. Llevaba solo un traje de baño, dos chinelas en los pies y una mochila. Con el torso desnudo mostraba que estaba acostumbrado a estar bajo el sol. Era la una y cinco de la tarde. Muy pocas personas se bajaron con él, y al desaparecer rápidamente en sus autos, las calles quedaron vacías con su sola presencia, que ya caminaba cabeza gacha en una dirección determinada, de forma elegante, rápida y graciosa.
Al llegar a la pequeña playa, fue reinado él también por el silencio total que había allí. Todo el silencio solo vibraba paulatinamente con los arrullos de las olas y algún que otro zumbar profundo y agudo desde las partes más verde oscuro de la costa empinada.
Mientras dejó su mochila a la sombra de un arbusto enmarañado que caía sobre la arena, pudo escuchar lento y pausado cómo un pájaro, tal vez azul como el mar más profundo, o turquesa como el mar más ofrendado sobre la tierra, sobre las arenas, cantaba lentamente una canción que tal vez en otros tiempos compusiera o tal vez en aquellos mismos instantes estuviera siendo traída desde las matemáticas frías e indiferentes, hasta la realidad misma, existente.
Cuando el calor lo abrasó y una brisa perdió el sonido del pájaro como adentro de una ola, entonces dejó sus chinelas, sacó sus pies y se deslizó en la arena. De pronto ya estaba en el agua, la superficie le acariciaba las rodillas, e inminente, como si ya lo hubiese hecho alguna vez, se sugería a lamer abiertamente sus muslos, devorándolos, como un fruto de hombre, como fruto maduro, excelente, de carne, de músculos hermosos y ejercitados que cargaban con los sabores de todos los lugares donde habían decidido estar, con los lugares de todas las ilusiones que los promovieron a actuar.
Y en este preciso momento es que se tanteó el bolsillo trasero del short. Allí estaban, gracias a dios, como siempre, los preservativos blancos. La defensa de razas. Aquellos que las sirenas siempre le irían a exigir cuando fueran a encontrarse bajo el agua, o en aquellas cavernas entre las piedras, directamente sobre el fondo del mar o en alguno de los tantos rincones de piedras y de vegetación que se escondían a lo largo de aquella hermosa costa.
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